domingo, agosto 12

Filosofía en el tocador

DOLMACÉ: ¡Pues bien! Si está probado que el hombre sólo debe su existencia a los inflexibles designios de la naturaleza; si está probado que el ser tan antiguo -según se ha demostrado- como la tierra misma y que, al igual que el roble, el león y los minerales que se encuentran en sus entrañas, no es más que un producto necesario para la existencia del planeta, y debe la suya a quienquiera que sea; si está demostrado que ese Dios, a quien los imbéciles consideran el único autor de todo lo que vemos, no es más que el nec plus ultra de la razón humana, el fantasma creado donde la razón no ve más nada, a fin de ayudarle en sus operaciones; si está probado que es imposible la existencia de Dios, y que la naturaleza, que jamás suspende el movimiento, produce en si misma todo aquello que los idiotas se complacen a atribuir generosamente a ese Dios; si es cierto que, suponiendo que ese ser inerte exista, seguramente sería el más ridículo de todos los seres, puesto que no habría servido más que un solo día y que, al cabo de millones de siglos se hallaría en una despreciable inactividad; suponiendo que exista tal como nos lo pintan todas las religiones, sería el más detestable de los seres, puesto que permite el mal sobre la tierra cuando su omnipotencia podría impedirlo; si, digo, todo eso estuviese probado, como indudablemente lo está ¿seguirías creyendo, Eugenia, que la piedad que uniese al hombre con ese creador imbécil, ineficaz, feroz y despreciable, tuviese que ser una virtud inexcusable?

-Marqués de Sade
Filosofía en el tocador
Este libro tiene un inicio totalmente erótico, y en pleno menage a trua cuando más atento estás te sueltan esto para que se te quede grabado en la memoria con el fuego de tu propia exitación. A la mierda la propaganda de Goebbels, esto es más eficaz sin duda, pornomates en los colegios ya, no me extraña que lo encarcelaran por ateo y socialista utópico para luego meterlo en un manicomio porque "corrompía" a sus compañeros de celda; hoy lo acusarían de brujo, blasfemo, comunista, negro, gay, terrorista rompenaciones y lo mandarían a Guantánamo.

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sábado, julio 21

Libro Octavo: Harry Potter y los rabinos mutantes ultra-ortodoxos del Sabbath

En Israel se ha montado una buena por la venta del séptimo libro de Harry Potter. El problema es que se ha puesto a la venta a las 2 AM hora israelí, a la par que en otro muchos lugares del mundo, y esa hora está contenida dentro de la hora del Sabbath por lo que se prevén juicios contra los israelitas laicos que les gusta mas la historia de ficción de Potter que la historia de ficción de la Cabala.

El Sabbath va desde el ocaso de viernes al ocaso del sábado y durante este periodo los judíos tienen prohibido entre otras cosas dedicarse a los negocios. Es por ello que el partido ultra-conservador del primer ministro Ehud Olmert a través del ministro de comercio e industria a mandado vigilantes a las tiendas para que se cumpla bien cumplido el Sabbath y la gente no peque más de lo que han pecado ya en los últimos 10 años leyendo historias apócrifas de magos e ídolos paganos que condenaran a todos sus seguidores al infierno.

Cabe destacar que desde hace un par de días el libro esta disponible en internet porque un/una fan no a tenido otra cosa en que entretenerse mejor que en fotografiar pagina por pagina el libro entero y compartirlo mediante P2P, así que lo único que tienen que hacer dichos inspectores es bajarse el libro, imprimir unas cuantas páginas al azar y leerlas en voz alta en la cola de los comercios para ahuyentar a los compradores.

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viernes, junio 1

Jean Valjean

Jean era, como hemos dicho, un ignorante; pero no era un imbécil. La luz natural brillaba en su interior; y la desgracia, que tiene también su claridad, aumentó la poca que había en aquel espíritu. Bajo la influencia del látigo, de la cadena, del calabozo, del trabajo bajo el ardiente sol del presidio, en el lecho de tablas, el presidiario se encerró en su conciencia, y reflexionó.

Se constituyó en tribunal. Principió por juzgarse a sí mismo. Reconoció que no era un inocente castigado injustamente. Confesó que había cometido una acción mala, culpable; que quizá no le habrían negado el pan si lo hubiese pedido; que en todo caso hubiera sido mejor esperar para conseguirlo de la piedad o del trabajo; que no es una razón el decir: ¿se puede esperar cuando se padece hambre? Que es muy raro el caso que un hombre muera literalmente de hambre; que debió haber tenido paciencia; que eso hubiera sido mejor para sus pobres niños; que había sido un acto de locura en él, desgraciado criminal, coger violentamente a la sociedad entera por el cuello, y figurarse que se puede salir de la miseria por medio del robo; que es siempre una mala puerta para salir de la miseria la que da entrada a la infamia; y, en fin, que había obrado mal.

Después se preguntó si era el único que había obrado mal en tal fatal historia; si no era una cosa grave que él, trabajador, careciese de trabajo; que él, laborioso, pareciese de pan; si, después de cometida y confesada la falta, el castigo no había sido feroz y extremado; si no había más abuso por parte de la ley en la pena que por parte del culpado en la culpa; si el recargo de la pena no era el olvido del delito, y no producía por resultado el cambio completo de la situación, reemplazando la falta del delincuente con el exceso de la represión, transformando al culpado en víctima, y al deudor en acreedor, poniendo definitivamente el derecho de parte del mismo que lo había violado; si esta pena, complicada por recargos sucesivos por las tentativas de evasión, no concluía por ser una especie de atentado del fuerte contra el débil, un crimen de la sociedad contra el individuo; un crimen que empezaba todos los días; un crimen que se cometía continuamente por espacio de diecinueve años.

Se preguntó si la sociedad humana podía tener el derecho de hacer sufrir igualmente a sus miembros, en un caso su imprevisión irracional, y en otro su impía previsión; y de apoderarse para siempre de un hombre entre una falta y un exceso; falta de trabajo, exceso de castigo.

Se preguntó si era justo que la sociedad tratase así precisamente a aquellos de sus miembros peor dotados en la repartición casual de los bienes y, por lo tanto, a los miserables más dignos de consideración.

Presentadas y resueltas estas cuestiones, juzgó a la sociedad y la condenó. La condenó a su odio. La hizo responsable de su suerte, y se dijo que no dudaría quizá en pedirle cuentas algún día. Se declaró a sí mismo que no había equilibrio entre el mal que había causado y el que había recibido; concluyendo, por fin, que su castigo no era ciertamente una injusticia, pero era seguramente una iniquidad.

-Los miserables
Víctor Hugo
Y sí, recuerda un tanto a las ideas de Tomás Moro. No spoilen en los comentarios que acabo de empezar a leerlo

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lunes, mayo 14

Transfusión

Así como la transfusión de sangre revive a los organismos exhaustos, inyectándoles un manantial de energía y esperanza, así las almas se remozan cuando anegan sus eriales los cauces profundos del amor.

El amor, igual que la sangre, constituye un carácter biológico permanente. Cada ser pertenece a un tipo preestablecido de amor, apto por lo pronto para verterse en sujetos afines y para verterse en seres disímiles conforme a postulados psicológicos intergiversables. La transfusión del amor se efectúa de manera más o menos parecida a la de la sangre. Lo mismo que ésta determina cuatro tipos hemióticos en la especie humana, el amor agrupa al individuo en cuatro categorías eróticas: pongamos A, B, C, D. El amante de tipo A es siempre de tipo A, o siempre del tipo C o del D. Lo curioso es que el problema de la transfusión de amor no ha sido abordado todavía. Social y eugenésicamente sería útil. Cuando la simpatía está en camino de cristalizar en amor, los enamorados debería concurrir a un psiquiatra especializado -al amorisconsulto- que dictaminara el acierto de la elección, a través de las tendencias de sus respectivas libidos. Existen almas dispares, astutas en el juego de disimular esa disparidad. Existen temperamentos que aglutinan o disuelven los sentires ajenos. La conjunción perfecta en el amor es obra de un estudio que, la mayoría de las veces escapa a los novios. La inyección sanguínea no se realiza cuando la sangre de uno y otro no opera el milagro asimilatorio. ¿Por qué, entonces, no reglar las inyecciones del espíritu? Al grupo A, formado por “receptores universales”, puede llamársele gráficamente el “grupo egoísta”. Las personas de ese tipo son aptas para recibir el amor de todo el mundo; pero no lo pueden transfundir más que a personas de su categoría. Las hetairas, prueba al canto, que sólo aman a rufianes y gente del hampa… En oposición a este grupo, figura el D, que corresponde a los “altruistas”, a los “dadores universales”, cuyo amor se transfunde a todo el mundo; pero que no pueden recibirlo más que de personas del grupo suyo. Jesús y don Quijote, por ejemplo, cuya efusión llenara la humanidad, célibes aun de espíritu, debido a la pequeñez de María de Magdala y a la zafiedad pastoril de Dulcinea… Los grupos B y C, que pueden recibir amor de los grupos B, C y D, están integrados por los amantes standard, a quienes atan espesas conveniencias y pasiones ordinarias. A veces, cuando reciben un amor altruista, se transfiguran pomposamente en la pantalla de la vida. El caso de Georges Sand, verbigracia, recibiendo los efluvios geniales de Chopin…

Op Oloop, Juan Filloy


Copypaste de El Hombre Que Comía Diccionarios

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viernes, abril 20

Pues haber elegido muerte

De la primera reunión de la comisión interdisciplinaria se puede decir de todo menos que haya transcurrido bien. La culpa, si el pesado término tiene aquí cabida, la tuvo el dramático memorando que los hogares del feliz ocaso entregaron al gobierno, en especial esa conminatoria frase que remataba, Antes la muerte, señor primer ministro, antes la muerte que tal suerte. Cuando los filósofos, divididos, como siempre, en pesimistas y optimistas, unos carrancudos, otros risueños, se disponían a recomenzar por milésima vez la agotadora disputa del vaso del que no se sabe si está medio lleno o medio vacío, disputa que, transferida para la cuestión que los había congregado, se acabaría reduciendo, con toda probabilidad, a un mero inventario de las ventajas o desventajas de estar muerto o de vivir para siempre, los delegados de las religiones se presentaron formando un frente unido común con el que aspiraban a establecer el debate en el único terreno dialéctico que les interesaba, es decir, la aceptación explícita de que la muerte era absolutamente fundamental para la realización del reino de dios y que, por tanto, cualquier discusión sobre un futuro sin muerte sería absurda además de blasfema, porque implicaría presuponer, inevitablemente, un dios ausente, por no decir desaparecido. No se trataba de una actitud nueva, el propio cardenal ya apuntó con el dedo el busilis que supondría esta versión teológica de la cuadratura del círculo cuando, en su conversación telefónica con el primer ministro, admitió, bien es verdad que con palabras mucho menos claras, que si se acabara la muerte no podría haber resurrección, y que sin resurrección no tendría sentido que hubiera iglesia. Así pues, siendo éste, pública y notoriamente, el único instrumento de labor de que Dios parece disponer en la tierra para labrar los caminos que deberán conducir a su reino, la conclusión obvia e irrebatible es que toda la historia santa termina inevitablemente en un
callejón sin salida. Este ácido argumento salió de la boca del filósofo pesimista de más edad, que no contento añadió a continuación, Las religiones, todas, por más vueltas que le demos, no tienen otra justificación para existir que no sea la muerte, la necesitan como pan para la boca. Los delegados de las religiones no se tomaron la molestia de protestar. Al contrario, uno de ellos, reputado integrante del sector católico, dijo, Tiene razón, señor filósofo, justo para eso existimos, para que las personas se pasen toda la vida con el miedo colgado al cuello y, cuando les llegue su hora, acojan la muerte como una liberación, El paraíso, Paraíso o infierno, o cosa ninguna, lo que pase después de la muerte nos importa mucho menos de lo que generalmente se cree, la religión, señor filósofo, es un asunto de la tierra, no tiene nada que ver con el cielo, No es eso lo que nos han habituado a oír, Algo tendríamos que decir para hacer atractiva la mercancía, Eso quiere decir que en realidad no creen en la vida eterna, Hacemos como que sí.

Durante un minuto no habló nadie. El mayor de los pesimistas dejó que una vaga y suave sonrisa apareciera en su cara, con el aire de quien acaba de ver coronado de éxito un difícil experimento de laboratorio. Siendo así, intervino un filósofo del ala optimista, Por qué les asusta tanto que la muerte haya acabado, No sabemos si ha acabado, sabemos sólo que ha dejado de matar, que no es lo mismo, De acuerdo, pero, dado que la duda no está resuelta, mantengo la pregunta, Porque si los seres humanos no muriesen, todo estaría permitido, Y eso sería malo, preguntó el filósofo de más edad, Tanto como no permitir nada.

Hubo un silencio. A los ocho hombres sentados alrededor de la mesa les había sido encomendado que reflexionasen sobre las consecuencias de un futuro sin muerte y que construyesen a partir de los datos del presente una previsión plausible de las nuevas cuestiones con que la sociedad tendría que enfrentarse, además, excusado será decirlo, del inevitable agravamiento de las cuestiones antiguas. Mejor sería no hacer nada, dijo uno de los filósofos optimistas, los problemas del futuro, el futuro los resolverá, Lo malo es que el futuro es ya hoy, dijo uno de los pesimistas, tenemos aquí, entre otros, los memorandos elaborados por los llamados hogares del feliz ocaso, por los hospitales, por las agencias funerarias, por las compañías de seguros, y salvo el caso de éstas, que siempre encuentran la manera de sacar provecho de cualquier situación, hay que reconocer que las perspectivas no se limitan a ser sombrías, son catastróficas, terribles, exceden en peligros a todo lo que la más delirante imaginación pueda concebir, Sin ánimo de ser irónico, que en las actuales circunstancias sería de pésimo gusto, observó un integrante no menos reputado del sector protestante, me parece que esta comisión ya nació muerta, Los hogares del feliz ocaso tienen razón, antes la muerte que tal suerte, dijo el portavoz de los católicos,
Qué piensan hacer, preguntó el pesimista de más edad, aparte de proponer la extinción inmediata de la comisión, como parece que ustedes desean, Por nuestra parte, iglesia católica, apostólica y romana, organizaremos una campaña nacional de oraciones para rogar a Dios que providencie el regreso de la muerte lo más rápidamente posible a fin de ahorrarle a la pobre humanidad los peores horrores, Dios tiene autoridad sobre la muerte, preguntó uno de los optimistas, Son las dos caras de la misma moneda, a un lado el rey, al otro la corona, Siendo así, tal vez la muerte se haya retirado por orden de Dios, En su tiempo conoceremos los motivos de esta probación, mientras tanto vamos a poner los rosarios a trabajar, Nosotros haremos lo mismo, me refiero a las oraciones, claro, no a los rosarios, sonrió el protestante, Y también sacaremos procesiones a las calles de todo el país pidiendo la muerte, de la misma manera que lo hicimos ad petendam pluviam, para pedir la lluvia, tradujo el católico, A tanto no llegaremos nosotros, esas procesiones no forman parte de las manías que cultivamos, volvió a sonreír el protestante. Y nosotros, preguntó uno de los filósofos optimistas con un tono que parecía anunciar su próximo ingreso en las filas contrarias, qué vamos a hacer a partir de ahora, cuando parece que todas las puertas se han cerrado, Para empezar, levantar la sesión, respondió el de más edad, Y luego, Seguir filosofando, ya que nacimos para esto, y aunque sea sobre el vacío, Para qué, Para qué, no sé, Entonces, por qué, Porque la filosofía necesita tanto de la muerte como las religiones, si filosofamos es porque sabemos que moriremos, monsieur de montaigne ya dijo que filosofar es aprender a morir.

Las intermitencias de la muerte
-José Saramago

Los signos de puntuación están bien copiados. El hombre este escribe así

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miércoles, febrero 7

Literatura y mercado

En los últimos decenios asistimos a una ruptura de dicho equilibrio. Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que, acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la telebasura o las revistas sobre la gente guapa.


Juan Goytisolo:

El autor de obras como Reivindicación del conde don Julián asegura y lamenta que las editoriales hayan dejado de publicar novelas que por su complejidad complacen la pereza de los amantes de la telebasura. Reprocha que algunos intelectuales sostengan que los mejores libros son los que se venden más. Insiste en la desertización cultural.

Como todos los años, el balance de las obras literarias correspondiente a 2006 se presta a opiniones encontradas. Para unos, se trata de una cosecha feliz; para otros, de un reiterado estiaje. Probablemente, ambos puntos de vista disponen de argumentos en su favor. Dependen, claro está, del acento que ponen, ya en los resultados de la promoción comercial de ciertos autores y títulos, ya en la rareza de unas rosas de arena creadas en el desamparo de una semiclandestinidad.

No obstante la "perversa inclinación nacional por los malos poetas" señalada por Márquez Villanueva, a ningún perpetrador de versos mediocres se le ocurre la peregrina idea de vivir de ellos: se valdrá a lo sumo de su vanagloria y destreza para forjarse una carrera rentable y escalar a pulso a la cima de nuestro Parnaso. Mas el caso de la novela es distinto: desde la popularización del género a mediados del XIX, han coexistido en ella el texto literario y el producto editorial, Stendhal y Sue, Flaubert y Dumas, Joyce y los epígonos de Balzac. Grandes editores como Gallimard compaginaban felizmente los éxitos de ventas con textos de una expresión literaria refinada y extrema. Los beneficios encajados con los primeros permitían la publicación de los exploradores de nuevos ámbitos. No olvido, desde luego, que grandes novelistas -Toltói, Mann, García Márquez...- alcanzaron o han alcanzado en vida un envidiable número de lectores, pero son una excepción. En cualquier caso, no se propusieron jugar con dos barajas: su logro no obedecía a cálculo personal alguno sino, como leemos en Las mil y una noches, a una venturosa confabulación del azar.

En los últimos decenios asistimos a una ruptura de dicho equilibrio. Los pesos pesados del mundo editorial sólo quieren publicar lo que, acertadamente o no, consideran productos de venta fácil y marginan aquellas novelas que, en razón de su complejidad o por su voluntad innovadora, no responden al conformismo y pereza intelectual de una mayoría anestesiada por la telebasura o las revistas sobre la gente guapa. Más grave aún, con el aval de la prensa afín, e incluso de un ilustre académico, sostienen que las mejores novelas son las que venden más: ¡dictamen inapelable que enhesta a El código Da Vinci, La sombra del viento o La catedral del mar a alturas de una himalayana sublimidad!

La condena implícita de la rareza o anomalía promueve la consabida reincidencia en temas históricos, folletinescos o costumbristas, cuyos ingredientes -sexo, misterio, exotismo, ciencia-ficción- son conocidos de antemano por el lector. El aletargamiento del público se propaga a su vez al autor y le induce a dar más y más de lo mismo. La belleza y precisión del lenguaje no cuentan y, aún menos, la audacia de la propuesta artística. Los escaparates de las grandes librerías y los muestrarios de almacenes y supermercados revelan los resultados de esta poco gloriosa complicidad.
El elevadísimo número de publi

caciones en un país como España, en donde la lectura es escasa -aunque no conduzca ya "a los hombres o la hoguera / y a las mujeres a la casa llana", como en tiempos de nuestro primer escritor-, agrava aún la desertización cultural. Las novedades se suceden a un ritmo cada vez más célere y las novelas minoritarias, publicadas por editoriales pequeñas, desaparecen pronto de los estantes (¡si es que llegan a ellos!) y caen en el pozo negro en el que se almacenan las obras devueltas y condenadas a la destrucción.

La voracidad del mercado y los apriorismos de la institución literaria contribuyen así a la exclusión de una serie de autores que a lo largo de los últimos decenios han creado una obra considerable. Lejos de los centros del poder mediático y de los promotores de la visibilidad, permanecen en un limbo del que sólo les rescata una conmemoración huera o la curiosidad arqueológica de un investigador. Ciñéndome a los ya fallecidos, me pregunto: ¿quién conoce hoy Escuela de mandarines, de Miguel de Espinosa? Pero también los etiquetados como metafísicos o los que despuntaron con brillantez durante los primeros años de la transición han sido sepultados en vida y no disponen siquiera de lápida en su cementerio. La reaparición de alguno, como Ramiro Pinilla, tiene todos los visos de milagro, de una increíble resurrección.

La actualidad avasalla a la modernidad. Como observó uno de mis maestros, cuanto fue actual ayer ya no lo es hoy, y lo que es hoy, no lo será mañana. La modernidad, en cambio, circula como un manantial subterráneo a través de los siglos. Leemos La lozana andaluza con la misma impresión de frescura de una gran novela contemporánea. Pero las obras indultadas por el paso del tiempo son más bien escasas. Nadie recuerda hoy a los campeones de ventas de la época en la que me aventuré a hollar por primera vez el sendero abrupto de la literatura.

La prensa de alcance nacional y sus suplementos culturales colaboran también en el extrañamiento de lo queer o anómalo (alguien me calificó una vez de "escritor raro" ignorante sin duda del inmenso e inmerecido elogio que ello suponía para mí: ¿no se definió Cervantes a sí mismo como "raro inventor"?). Las novelas innovadoras ajenas al entramado de la mercadotecnia suelen ser dejadas de lado -salvo en el caso de escritores ya viejos y conocidos- en provecho de las más comerciales. Si a ello se añaden las dificultades de incluir en sus páginas una indispensable reflexión sobre las lecturas reductivas del pasado y sus ocultaciones, origen de nuestra ya crónica discontinuidad cultural, el panorama revela bajo el barniz de una seudomodernidad, el conformismo heredado de la ideología nacional católica que vertebró el franquismo.
Pocos parecen advertir que el

célebre aforismo de André Gide -"lo que se comprende en un abrir y cerrar de ojos no suele dejar huella"- mantiene su vigencia al hilo de los días. Necio sería el escritor que se lamentara de su incomprensión cuando ello constituye a menudo una prueba de la capacidad innovadora de su empresa. La propuesta literaria original o insólita choca con la rutina de lo establecido y quienes apuestan por la literatura lo saben. Se requiere con todo una buena dosis de honradez, paciencia y fe en el futuro como los que alientan en algunos novelistas jóvenes o menos jóvenes que iniciaron su ardua andadura a mediados de los noventa del pasado siglo. Pienso en obras y autores como El paraíso perdido, de Antonio Pérez Ramos; I love you Sade y La fiesta del asno, de Juan Francisco Ferré; Nembrot y Cabo de Hornos, de José María Pérez Álvarez; Fragmenta y En esa ciudad, de Javier Pastor; El mundo a media voz, de José María Ridao; Retrato de un asesino en prácticas, de Francisco López Serrano; El vano ayer, de Isaac Rosa... Otros y otras habrán escapado a mi atención y, como empedernido lector que soy, lamento su omisión y mi deplorable descuido.

En un universo subyugado por la dictadura de lo trivial, su resistencia tenaz, casi heroica, constituye la garantía de la supervivencia de un género que, como la mejor poesía de siempre, florecerá en adelante en la calidez de la confidencialidad. La gloria es efímera y quienes toman su obra en serio en vez de tomarse en serio a sí mismos no se exponen, como los últimos, a los vuelcos de una moda que arramblan con quienes la siguen. Como decían sabiamente los surrealistas "toda idea que triunfa corre fatalmente a su ruina

-Copypasteado de El Pais

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jueves, octubre 20

EL SPOIL DEFINITIVO

Spoil podria traducirse como hechar a perder, podemos referirnos a que Spoileamos los macarrones con queso al dejarlos mucho tiempo en la olla pero no, hoy hablamos de Spoil estilo Darth Vader es el padre de Luke.

Bueno pues esto es lo que sigue: Spoil Everything , es una pagina tipo wikipedia donde se encuentra toda clase de spoilers de peliculas, libros, anime, etc... donde te puedes comer los mayores spoilers de la historia de la humanidad, muy practica para servir venganzas frias

No me responsabilizo de los malos usos que puedan dar mis lectores de esta herramienta, recordad niños, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.

Enlace de Microsiervos

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jueves, septiembre 29

Dime lo que te gusta y te dire lo que se parece

Un par de buscadores, uno de literatura y otro de musica, podreis encontrar afinidades de vuestros gustos a partir de una entrada.

Literature Map

Music Plasma

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